Capítulo 9

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Pedro Pablo y el boxeador se emocionaban conversando sobre la situación mundial, sobre todo, con las noticias del Medio Oriente. Las noticias eran que en Gaza estaba sucediendo realmente una masacre. Se anunciaba la retirada del ejército de Israel antes de la toma de posesión del nuevo presidente de USA que estaba por darse en esos mismos días.

Llevaban a enterrar a un muerto en esa mañana. La Iglesia quedaba en todo el frente del cementerio por el lado de la puerta secundaria donde estaba la matica donde se reunía el grupo. Los estilos de los entierros eran variados y para todos los gustos. Cuando el muerto había sido de mal comportamiento y sobre todo joven lo llevaban con música. Lo curioso era que los que iban en la caminata fúnebre sabían las cualidades sociales que había tenido el que llevaban a enterrar, y con todo y todo, se sumaban a la fiesta que llevaban a la hora de su sepultura. Cuando era malandro o antisocial, como se solía clasificar a ese tipo de comportamiento, la fiesta musical era mejor que un carnaval de ciudad. La gente bailaba al muerto y el ataúd se movía al compás de la música. Si quienes llevaban al muerto eran mujeres la bailada era más variada y divertida. Muchas veces a esa algarabía la acompañaban con algunos tiros al aire en honor al muerto. La ciudad era un caos cuando había un entierro de esas condiciones. La ciudad estaba sometida a los caprichos de los entierros. Los que iban en carro en sus propias ocupaciones tenían que esperar hasta dos horas para poder avanzar ya que la ciudad y las calles colapsaban literalmente. Y sin poder hacer nada. La ciudad estaba bajo el poder de la gente de los barrios a la hora de los entierros. Los motorizados que acompañaban los entierros hacían sus exhibiciones de acrobacia subiendo las aceras y parando en una sola rueda sus motos haciendo el caballito, y todo era un estruendo de motores de todos los calibres y cilindradas. Nadie podía hacer nada sino esperar y pasar ratos realmente amargos, además de llegar tarde a los sitios a donde iba o a comprar o a cualquier otra actividad personal. Lo que se podía hacer era decir algunas palabrotas y darle duro al volante, pero, aún así la corte fúnebre que iba por todo el medio de la calle no avanzaba, sino que bailaban más llevando al muerto en hombros. Se le sumaba a ese espectáculo los autobuses interurbanos que eran una calamidad al atravesarse donde y como podían sin el más mínimo sentido del sentido común. La ciudad se convertía en un caos.

Para los que no cambiaba en nada era para el grupo que estaba debajo de la matica ensimismado en su realidad. No iban para ningún lado. Ya estaban en él. No tenían apuro. Tampoco les convenía tenerlo porque eso significaría que se acabaría más rápido la botellita de turno. Así como iban siempre era bueno para ellos. La guerra en el Medio Oriente también los tenía sin cuidado, por lo menos, a la gran mayoría del grupo. Tampoco para Pedro Pablo y el boxeador, porque en nada iba a cambiar esa otra situación, aunque hablaran del tema. Mucho menos que en USA cambiasen de presidente y pusiesen a uno de más acá o a otro de más allá con tal o cual inclinación. Lo importante era que no le quitaran la matica donde se reunían y les daba sombra, como tampoco que les faltara la o las botellitas de cada día. Lo demás estaba pero no era de su incumbencia. Si venía la comanche, mejor, porque sería más prolongada la estadía debajo de la matica. Todo lo demás estaba muy bien.


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